martes, 16 de noviembre de 2010

"El día que cruzamos Abbey Road (balada de perdedores)" de Antonio Rodríguez Alarcón

                                                        Pero lejos están los remotos días...

                                                                VICENTE ALEIXANDRE

Pero lejos están los remotos días
en que cruzamos Abbey Road con Jack Kerouac al frente
y flores marchitas en la solapa.
Lejos el día, amor, que decidimos ajustar cuentas con la historia,
el cabello al viento erizado de crisantemos
y el paso decidido, -desafiante incluso- , cual peatones airados.

                                              I
                                                                             Casi me alegra
                                                                  saber que ningún camino
                                                                      pudo escaparse nunca

                                                                 JAIME GIL DE VIEDMA

Hace ya tanto tiempo
que ni siquiera lo recuerdas: era septiembre y el asfalto
retumbaba bajo nuestros pies descalzos como redoble de tambor.
Septiembre y sin mirar atrás, como en tropel de elefantes anunciando
tormenta en la sabana, como en peregrinación iniciática por la Ruta 66,
la mítica cicatriz jalonada de desérticos almacenes y cantinas,
de surtidores de gasolina abandonados.
De la mano de Richard Ávedon entre mineros sin rostro
y niños desolladores de serpientes al borde de la carretera.

Desde ambas aceras nos miraban con indolencia señalando aquel paso de cebra.

¿No crees que la vida es tan efímera como un soplo,
como un silbido entre la multitud de la Séptima Avenida
en días de estreno o el Paseo de la Castellana en estruendosas
mañanas de desfile? O quizá me contradigo.
Ahora tú conjuras el paso del tiempo, cruel acompañante,
rectificando ante el espejo el perfil desvaído de tus labios
o apuras conmigo este Jack Daniel ́s congelado entre las manos.

                                             II
                                             
Cómo no advertí que levantaban esos muros

                                                              KONSTANTINO KAVAFIS

Así hemos atravesado este desfiladero en sombra.

Cuarenta años después, y prisioneros de nosotros mismos,
pilotamos un vuelo sin motor, a merced del azar, empujados a un abismo
de incierto futuro. En vuelo libre, vulnerable y frágil como hoja seca,
zarandeados por un siglo descarnado y triste.

Moviéndonos en un círculo inacabable marchamos contra la guerra de Vietnam
enarbolando un bosque de palomas de papel o fornicamos en Woodstock
sobre el lodo y bajo la lluvia en un vendaval de miles de vatios.

Ya me conoces, aunque a menudo me ignores o mires de soslayo,
como inquiriendo a quién corresponde esa pesadilla que te sigue
con docilidad canina: tú perseguías con Marlon Brando
un tranvía llamado deseo por las empinadas calles de Lisboa
hacia el Mirador de Santa Lucía, frente al Tajo, para repostar tus ojos
de azules. Yo, por ir a la contra, ya sabes, un deseo llamado tranvía
varado en una adolescencia también lejana
de cineclub universitario y libros bajo el brazo.

Habrás de convenir conmigo que el nuestro ha sido un sueño
tempranamente fracasado. Un espejismo en tiempo de rebajas.

                                              III
                                                                     Sobre un río de olvido
                                                                      va la canción antigua

                                                                         LUIS CERNUDA

El tedio y la decepción toman café en el Flore, quizá en el Deux Magots.
Desde el escaparate, algunos parece que esperaran nostálgicos
el paso de la División Leclerc con parada en Saint Germain.
El Pernod de mediodía despide una mañana huérfana de noticias.

La Rive Gauche, inmortal, perfectamente maquillada para la ocasión,
reposa en el Pere Lachaise: allí los suicidas toman el sol sobre la hierba,
antes que el Sena se reinventara convertido en playa fluvial,
y arrojan tierra sobre los turistas que pretenden inmortalizar la piedra
que sella tanto despojo ilustre.

¿Oyes? ¿Es la arenga de Joan Báez desde los altavoces
que incendian las barricadas o ese joven pelirrojo alzado sobre sus zapatos
y nuestras cabezas? No nos moverán. Hermanaremos la multitud que clama
desde la Sorbona a la Renault ahogada en un mar de propósitos y banderas.

Desde el funicular que sube a Montmartre
los niños arrojan besos a las palomas en envoltorios de chocolate.

                                            IV
                                                                (García Lorca foi fuzilado)

                                                                Deixa-o apodrecer no chão
                                                     como bandeira de carne de remorsos.

                                                               JOSE GOMES FERREIRA

                                                  Porque te quiero, te quiero, amor mío...

                                                            FEDERICO GARCIA LORCA

Y qué canción tan triste, qué vals tan desgarrado susurra Leonard Cohen,
siempre impecable, embutido en su traje de broker recién planchado.
Take this waltz, canta a Lorca como nana bajo tierra,
como el vaivén que meciera un siglo feroz y amortajado
entre el polvo de las hemerotecas. Lorca ha muerto, vals vaivén vienés.

Y también murió Machado, tan solo y triste.
Y Cernuda, tan despechado y triste.
Y Gil de Biedma, tan partidario de la felicidad, tan artista enfermo y triste.
Y tantos otros... !Oh qué muerte la nuestra tan desafecta y triste!

Muerto también de hastío, Césare Pavese dice adiós desde la ventana
de un hotel cualquiera en una ciudad cualquiera.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, escribió a modo de epitafio o testamento.
Vendrá y tendrá los ojos de ángel insobornablemente humano de Pasolini,
-mirada pícara, sonrisa canalla- que se desangra a las afueras
de cualquier playa ciega o sin luna. Ciao, amore, ciao,

Se han ido, se fueron todos dejando una estela inabarcable de decepción.

                                             V
                                                                    Ahora seremos felices
                                                              cuando nada hay que esperar

                                                                            JOSE HIERRO

Mas no desesperes: en cada esquina espera un beso, un aniversario.
En las alcobas consagradas a la decencia y la compostura,
en los prostíbulos más discretos, en los casinos de Las Vegas,
en los urinarios del Ritz cubiertos de mármol cual cámaras funerarias,
en los balnearios de Baden-Baden o Budapest,
en las oscuras salas de cine, debajo de nuestra cama...
millares de fotógrafos compitan al acecho. Retratan besos y aniversarios.

Detrás de cada beso hay un fotógrafo escondido que espía,
ladrón que espera el momento exacto: en el París de la liberación,
en cada rincón de Alexanderplatz,
en La Baixa de Lisboa un 25 de Abril,
ante, bajo, junto, sobre el Muro de Berlin,
en el aeropuerto de Moscú, en la portada de Vanity Fair...
jóvenes y soldados, astronautas y militares de uniforme,
azafatas y gánsteres se abrazan y besan
con gesto desenfadado de eterna celebración.

El mundo es eso, un brindis multitudinario con fuegos de artificio
y canapés, un fin de fiesta permanente entre muro y muro,
bajo máscaras de lodo y hambre, de plomo y sangre.

                                             VI
                                                                 
Hoy es siempre todavía

                                                                  ANTONIO MACHADO

La libertad, dicen, viaja en una Harley tronando por el puente de Brooklin.
La libertad, dicen, se desplaza en patines por las aguas heladas del Hudson.
La libertad, dicen, nunca lo he visto, se desplaza en los trenes multicolores del Bronx.
Pero ya no me excita la velocidad y me he vuelto drecreído y escéptico.

Sólo sé que hemos sobrevivido a todo
y a todo hemos renunciado a nuestro pesar.

Por eso ya no me pone el sitar soporífero de Ravi Shankar
recostado entre almohadones
ni los sesudos artículos de Truffaut en Cahiers du Cinema
ni los libros prohibidos que llegaban de Francia
ni las proclamas de Sartre impresas en ciclostil
ni la atormentada desesperación de Janis Joplin
ni la leyenda del Che para el culto al merchandising
ni el sopor de naftalina del Waldorf Astoria
ni el impostado jadeo de Jane Birkin
ni los laberintos añiles de Chaouen
ni el pálpito electrizante de Jhon Coltrane
ni las piernas eléctricas de Josephine Baker
ni los ensayos a puerta cerrada del Actor ́s Studio
ni el infierno de Malcolm Lowry ebrio sobre el volcán
ni las famélicas, anoréxicas criaturas de Giacometti
ni las tertulias inocuas del Gijón
ni el surrealismo ortopédico de Frida Khalo
ni la playa de la Mareta en noches sin luna
ni el Dry Martini en Chicote después de la corrida
ni la plaza de Jemma el Fna incendiada al atardecer
ni los baños de Marilyn en nembutal
ni el aullido patético de Allen Ginsberg
ni la revolución en vena como narcótico sublime
ni la fiesta a sangre fría de Truman Capote en el Plaza
ni la guitarra de seda de Chet Beker
ni la pasión española de Hemingway
ni la crucifixión de Francis Bacon por los bares de Madrid
ni las amistades peligrosas en el Tánger internacional
ni Louis Anstrong desfilando un Mardi Gras por Nueva Orleans
ni la rebeldía iconoclasta de Jackson Pollock
ni le bateau ivre naufragando en un mar de absenta
ni el soul comprometido de Nina Simone
ni los sórdidos garitos de Quentin Tarantino...
ni siquiera las tediosas baladas de algún poeta.

Porque sólo me pone el azul de tus ojos en los que ahora me sumerjo
y ese paso de cebra sin señalizar que es la vida.

Primer Premio, en la modalidad Nacional, del XIV Certamen de poesía "Pepa Cantarero"

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