- Cariño, desierta – le dice ella al oído, susurrando –. ¡Hoy es el cumpleaños de Nico!
Ella habla con un entusiasmo, mientras él se incorpora con pesadez y desgana.
- Tenemos que ir a comprar cosas para celebrarlo – continúa ella – y, lo más importante: ¡la vela con el número nueve! Yo prepararé la comida mientras tu vas por los regalos. ¡Date prisa!
El no responde. Sale en silencio por la puerta y sube al coche. No va a ninguna tienda, se dirige a la consulta de su psicólogo. No puede más; necesita poner fin a este sinsentido. Está decidido a enfrentarlo.
- ¡Cariño, ya estoy en casa! – dijo al entrar.
- Qué bien que hayas llegado – responde ella desde la cocina – Vamos a despertar a Nico.
El la sigue con pasos lentos. La habitación está impecable, limpia y ordenada, como si alguien durmiera en ella cada noche.
- Vaya, no está – dice ella –. Habrá salido con sus amigos, no me habré dado cuenta.
La madre sigue hablando de planes que no existen. Antes de salir de la habitación, el le muestra un vídeo de su móvil. Brotan sonidos que rompen el silencio: risas, conversaciones animadas y la imagen de un Nico mucho más pequeño.
- Cariño... – dice él con la voz rota. – Han pasado cuatro años – le dice mientras sostiene sus manos entre las suyas –. Acéptalo, por favor.
Ella lo mira con ojos tristes y abrazados rompen a llorar en la habitación vacía de Nico.
Finalista
"El guardián del faro" de Gema Espinosa Fernández
El faro llevaba años apagado, sumido en un silencio entre piedras y sal. Sin embargo, los pescadores locales juraban que, cada noche, su luz giraba sobre el mar embravecido. Rubén, el nuevo guardacostas, cansado de rumores y leyendas decidió que era hora de comprobarlo por sí mismo.
Armado con una linterna y una curiosidad más grande que su miedo, subió por el peligroso sendero rocoso hasta la torre abandonada. Al cruzar el umbral de la puerta, el aire le golpeó con un olor intenso a salitre y humedad.
Todo en el interior estaba sepultado bajo una espesa capa de polvo, excepto la escalera de caracol. Sus peldaños brillaban, pulidos, como si alguien los usara a diario.
Subió lentamente, acompañado únicamente por el ruido de sus propios pasos. Al llegar a la cima, el corazón le dio un vuelco: la enorme lámpara del faro proyectaba una luz cegadora. Junto a ella, sobre una mesa limpia, descansaba una libreta abierta.
Rubén se acercó y comenzó a leer: una larga lista de nombres ocupaba todas sus páginas. Todos estaban tachados con tinta negra, excepto el último de la fila: el suyo. En ese instante, un escalofrío le recorrió la espalda al comprender la aterradora verdad. El faro no guiaba barcos a la costa; el faro elegía a sus guardianes. Y ahora, el era el siguiente.
Categoría Juvenil II (de 15 a 17 años)
Ganador
"Álbum" de Ana María Rumí Sampedro
La casa estaba en silencio, como si también ella hubiese olvidado cómo hacer ruido. Sentada junto a la mesa, la mujer pasaba las páginas de un álbum con una lentitud reverente. Sus dedos temblaban ligeramente al rozar cada fotografía, deteniéndose más de lo necesario, como si esperara que algo en ellas despertara. Una boda. Un niño con los dientes torcidos. Un hombre que la abrazaba desde un tiempo demasiado lejano. Fruncía el ceño a menudo, incómoda ante esa familiaridad sin nombre. Sonreía a veces, por puro instinto. Entonces, un golpe seco en la puerta. Se sobresaltó. El álbum se cerró de golpe. Otro golpe, más insistente. Su respiración se aceleró, y el corazón comenzó a latirle con una urgencia que no entendía pero sí temía. Alguien estaba entrando. El miedo le recorrió el cuerpo con una claridad brutal, mucho más nítida que cualquier recuerdo. Se levantó torpemente. La puerta cedió. Un hombre irrumpió en la casa, agitado, con los ojos vidriosos, como si hiera corrido demasiado o llorado demasiado. Dijo algo. Su voz sonó rota, suplicante. Ella retrocedió no lo conocía. No sabía quién era ese extraño que avanzaba hacia ella como si tuviera derecho. El hombre se detuvo entonces, a apenas unos pasos, y la miró como quien se rompe.
- Mamá.
La palabra quedó suspendida en el aire, inútil. Ella lo observó con terror. Y, en algún lugar de la mesa, el álbum permaneció abierto en una fotografía donde ambos sonreían, intactos, ajenos a todo lo que vendría después.
Finalista
"El mercado de la nostalgia" de Álvaro García PradosTodo cambió el día que empecé a escuchar el ruido de los pensamientos ajenos. Desperté en una habitación desconocida y salí a una calle cuyo paisaje me resultaba vagamente familiar. Allí, una mujer caminaba en silencio, pero en mi cabeza resonaba su voz: «Huevos y leche... tengo que comprar huevos y leche».
Aturdido, me dirigí a un restaurante italiano para tomar algo. El local estaba en silencio absoluto, pero para mí el ruido de voces invisibles que llegaba a mis oídos era insoportable. Fue entonces cuando lo comprendí: podía leer los pensamientos de todos.
Al salir, un hombre de mediana edad pasó a mi lado con una bolsa de papel claro. Su mente repetía una y otra vez una queja: “la sección de nostalgia está demasiado cara”. Al cruzar la esquina, un ticket cayó de la bolsa. Lo cogí, estaba en blanco, salvo por una dirección escrita a mano. Guiado por la curiosidad, llegué hasta un establecimiento que no parecí de este mundo.
Era una tienda de estanterías enormes, repletas de envases que contenían recuerdos, con precios por las nubes. El lugar desprendía un olor rancio a antigüedad y olvido. Me acerqué a la zona de “ Nostalgia” y vi etiquetas en las que se ponía precio a momentos de infancia. Al observar a los clientes salir con sus compras, me percaté de un detalle escalofriante: sus miradas estaban vacías. Al adquirir recuerdos nuevos, dejaban de ser ellos mismos para siempre.
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Muchas gracias a todos los participantes y felicitamos a los ganadores de esta edición.