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lunes, 20 de octubre de 2025

Entrega de premios del Certamen literario "Villa de Baños de la Encina" 2025

El día 18 de octubre, en el Auditorio Municipal, se celebró la entrega de premios del Certamen literario "Villa de Baños de la Encina" 2025.

Ganadores, jurado y autoridades


Jurado y Antonio Las Heras


Ana Mª Herrero, concejala de cultura


Los ganadores de este certamen fueron los siguientes:


X Certamen poético “Alfonso Monteagudo”

Ganador

"Ausencia" de Manuel Luque Tapia


Accésit

"Caminos desnudos" de José Antonio Ariza Rodríguez




VII Certamen de novela corta “Castillo de Baños”

Ganador

"El sonido del llanto" de Miguel Ángel González




III Certamen local de microrrelato “Villa de Baños de la Encina”




Juvenil II (de 15 a 17 años)

Ganador 

"Alzheimer" de Julissa Martínez Romero



Finalista

"Gracias a mi madre" de María Arjona Villarejo



Juvenil I (de 12 a 14 años)

Ganador 

"Cuando mamá era gigante" de Jaime González Martínez



Finalista

"Para siempre" de David Recena Rodríguez



XXVI Certamen nacional de poesía “Pepa Cantarero”

Ganador

"El cuerpo donde ocurro" de Luis Colombini


Durante el acto, disfrutamos de la actuación musical del cantautor Rafa Núñez, acompañado por Ascen Malagón y Rocío Rodríguez.




*** Fotografías tomadas del Ayuntamiento de Baños de la Encina, Vera Batkova y Ascensión Muñoz.








III Certamen local de microrrelatos "Villa de Baños de la Encina"


  Ya tenemos las obras ganadoras del III Certamen local de Microrrelatos "Villa de Baños de la Encina".

                     

                                      


Este año se han presentado al concurso un total de 24 obras y las obras ganadoras son las siguientes:


Categoría Juvenil I (de 12 a 14 años)


Ganador 


"Alzheimer" de Julissa Martínez Romero 


Aquella noche no me podía dormir. Agotada, miraba el reloj, el tiempo pasaba demasiado lento. No podía creer que ella ya no estuviera, se había marchado.

Ella dormía en la habitación de al lado, su cuerpo tumbado en la cama y su alma ausente, robada por el Alzheimer. Miraba su foto, sus ojos habían perdido algo que no sabría explicar.

El primer día ya no recordaba mi nombre, gritaba que yo no era su nieto, que me fuera de su casa, aunque ni tan siquiera reconocía ya su casa.

El segundo día fue peor, asustada me decía que era un extraño, que no me quería. Oírla me hacía daño, sentía dolor en lo más profundo de mi corazón. Tenía años, veía a mis compañeros con sus abuelos, dándose cariño, en cambio mi abuela ni tan siquiera me conocía.

Esa mujer a la que tanto quería, la que hubiera dado su vida por mí, había perdido su capacidad para amar.

El día de mi dieciocho cumpleaños la encontré sentada en su vieja mecedora, llevaba el pijama que le regaló el abuelo antes de dejarnos. Se la veía cansada, con ojeras. Saludé al entrar y me respondió con cariño.

Sorprendido, tomé su cara entre mis manos y miré sus ojos. Por un instante encontré lo que creí perdido y vi todo su amor. Ahí estaba de nuevo. Guardé sus palabras y su mirada como un tesoro.

Fue el día que aprendí que el amor nunca abandona el corazón.



Finalista


"Gracias a mi madre" de María Arjona Villarejo 


Un nueve de mayo me desperté como cualquier otro día, sin imaginar lo que me esperaba. Siempre he sido una chica muy sensible. De pequeña me diagnosticaron un trastorno de ansiedad crónica. Mis amigos nunca se tomaron en serio lo que me pasaba e incluso llegué a pensar que todo eran tonterías mías.

Me acostumbré a encontrar refugio en el bosque: pasear entre árboles me despejaba. Esa tarde lo necesitaba, no había sido un buen día. Mis dos mejores amigos me dijeron cosas que me dolieron profundamente. Necesitaba alejarme de todo.

Caminé sin rumbo fijo sumida en mis pensamientos. Cuando me di cuenta, estaba perdida. Me quedé quieta, respiraba con dificultad y al fin, rompí a llorar. El miedo, la angustia y el sentimiento de soledad terminaron por desbordarme.

Me quedé sentada en el suelo, llorando, sin saber qué hacer.

Entonces la imagen de mi madre inundó mi mente: -No siempre voy a estar junto a ti para salvarte, tienes que aprender a hacerlo sola.- Recordé sus palabras.

Empecé por regular mi respiración, me levanté del suelo, limpié mis lágrimas y decidida comencé a caminar. Iba a volver a casa.

Dando algún rodeo, logré encontrar el camino de vuelta. Lo había logrado. Había superado un ataque de ansiedad por mí misma.

Abrazada a mi madre, le conté lo sucedido. Me sentía más fuerte, distinta.

Hoy la ansiedad en un lejano recuerdo que he dejado atrás, y todo gracias a ella, mi madre.



Categoría Juvenil II (de 15 a 17 años)

Ganador


"Cuando mamá era gigante" de Jaime González Martínez 



De pequeño, yo creía que mamá era una gigante.

No porque fuera alta – era más bien menuda –, sino porque todo en ella tenía la fuerza de las cosas enormes: su voz alejaba las tormentas, sus manos curaban las rodillas rotas, y su sombra nos alcanzaba a los tres hermanos al mismo tiempo cuando dormíamos.

Cuando papá se fue, mamá se volvió aún más gigante. Llevaba adelante dos trabajos, cargaba con la compra, con la pena, con las cuentas, con las ganas. Nunca se quejaba. Solo suspiraba, como si dentro llevara un mar.

Pero un día empezó a encoger. No de cuerpo, sino de presencia. Olvidaba el fuego encendido, el camino al mercado, los nombres. Y un martes, me preguntó:

-- ¿Tú quién eres?

La primera vez me dolió. La décima, también. Luego aprendí a presentarme con una sonrisa, como si fuera una primera cita. A veces nos reíamos. A veces llorábamos. Pero siempre, cada vez, la abrazaba.

Ahora soy yo quien la arropa por las noches. Quien canta bajito cuando llueve. Quien le recuerda quién fue, aunque ella ya no lo sepa.

Y aunque su cuerpo siga aquí, mamá ya se ha ido a ese lugar donde los gigantes descansan.

Yo la acompaño. Sin prisa.

Porque cuando se quiere así de grande, uno aprende a no medir el amor por su memoria, sino por la mía.


Finalista 


"Para siempre" de David Recena Rodríguez 


La habitación es blanca. Infinita. Sin ventanas. Sin sombras. Sin tiempo. Solo yo. Mi espera.

Intento moverme: no puedo. Intento llorar: no encuentro mis lágrimas.

Mis recuerdos son difusos: el coche, la canción de mamá, Clara dormida con su muñeca, abrazada a mi brazo. Papá hablaba de la nieve del valle. Después... nada.

Una puerta aparece a lo lejos y corro hacia ella. Y al otro lado los veo: son papá y mamá. Más viejos. Más frágiles. Se toman de la mano. Lloran. Sus labios tiemblan mientras murmuran palabras que no logro entender. Solo al final, escucho un “lo siento”.

Quiero gritar. Decirles que sigo aquí. Que no me dejen. Y entonces la veo a ella: Clara. Ya no es mi hermanita, ha crecido. Lleva mi camiseta azul con el rayo. La que decía “invencible”. Se la di cuando le prometí que siempre la protegería. Cuando aún no sabía que sería ella la que me protegería a mí.

Clava sus ojos en los míos. Me habla pero no la oigo, mientras que abriendo mi mano, me entrega una nota. Sé lo que dice: que no espere más, que despierte. Sabe que no puedo y aun así, espera quizás un milagro.

Entonces entra un médico y les da los papeles que mis padres firman entre lágrimas. Clara suplica, pero nadie la escucha. Han firmado. La máquina empieza a apagarse. No hay vuelta atrás.

Clara se derrumba. Y la nota en mi mano se cae.

Para siempre.



Muchas gracias a todos los participantes.







martes, 5 de noviembre de 2024

II Certamen local de microrrelatos "Villa de Baños de la Encina"


Ya tenemos las obras ganadoras del II Certamen local de Microrrelatos "Villa de Baños de la Encina".

Se han presentado al concurso un total de 21 obras y la relación de ganadores es la siguiente:





Categoría Juvenil II (de 15 a 17 años)

Ganador

“El manicomio de las almas perdidas” de Juan Lara Lara



En un antiguo manicomio abandonado, donde el silencio solo era roto por el crujir de las paredes carcomidas, un grupo de amigos jugaban a ser exploradores urbanos, aventurándose en busca de emociones prohibidas.

A medida que se adentraban por los pasillos oscuros y cubiertos de polvo, las sombras parecían cobrar vida, acechándolos desde cada esquina. El aire estaba cargado de una presencia maligna que helaba los huesos.

De repente, un grito desgarrador rompió el silencio, seguido por el sonido de pasos rápidos que se alejaban. El grupo se dispersó sumido en el pánico, cada uno corriendo en busca de una salida que parecía haberse desvanecido.

Una joven se refugió en una sala cerrada, donde una silla de ruedas vacía y oxidada yacía en el centro. Temblando, buscó una salida desesperadamente, pero las puertas parecían haberse cerrado por sí mismas.

Entonces la vio, una figura encorvada sentada en la silla de ruedas con su rostro oculto entre las sombras. Con voz ronca y tenebrosa la figura comenzó a hablar revelando secretos oscuros del manicomio y las almas torturadas que aún habitaban en él.

A medida que la voz resonaba en la habitación, la joven sintió que su cordura se desvanecía, siendo arrastrada hacia la locura que había consumido a los pacientes años atrás.


Cuando el resto de amigos llegaron a la sala la hallaron sentada en la silla de ruedas, con una mirada vacía en su rostro y un susurro escalofriante en los labios.


Finalista

 “El baúl de los recuerdos” de Mª Ángeles Herrero Soler

En un tranquilo pueblo, vivían Amelia y Pablo, una pareja de ancianos cuyo amor seguía perdurando desde que eran jóvenes. Sin embargo, con el paso de los años, los síntomas de la vejez empezaban a afectar a Pablo, sus recuerdos se iban borrando poco a poco, como si fueran arrastrados por una marea.

Una tarde, mientras Amelia ordenaba el desván, encontró su viejo baúl. Con nostalgia, lo llevó al salón y lo abrió junto a su esposo. En su interior, los recuerdos cobraban vida, estaba lleno de fotografías, cartas de amor que aún desprendían el latir nervioso de un corazón y objetos que rememoraban su historia.

Para Pablo, sin embargo, aquellos objetos eran un misterio. No reconocía las caras de las fotografías, ni las palabras que él mismo había escrito, luchaba por no caer al fondo, ahogado en un mar de recuerdos olvidados. Amelia, sumida en el dolor, decidió llevar a su marido a navegar juntos, en un viaje entre olas de recuerdos.

Con muchísima paciencia y amor, Amelia le describió con esmero cada momento, cada risa, cada lugar y cada lágrima, las que el pequeño baúl escondía. Recuerdo tras recuerdo pasaba la tarde y en los ojos de Pablo parecía, a veces, asomarse algún destello.

Aunque sus recuerdos se desvanecieran como huellas en la arena borradas por una ola, Pablo conservaba intacto su amor por Amelia. Su fuego seguía ardiendo con la misma intensidad de siempre, en lo más profundo de sus corazones.


Categoría Juvenil I (de 12 a 14 años


Ganador

“La última partida” de Ana María Rumí Sampedro



Con tres años mamá me decía:

- Vamos a jugar a un juego, ¿vale?

Yo, inocente de mí, asentía entusiasmado.

- Pierde el juego el que antes hable.

Me pasaba horas callado, toda la tarde si era necesario, odiaba perder. Con ocho años mamá se inventó uno nuevo:

- Vamos a jugar al escondite, ¿vale? Tendrás que esconderte en el armario y jugar al anterior juego, combinarlos los dos.

Lo extraño de los juegos de mamá era que podían durar días enteros, pero ella y el tío Julián eran unos tramposos, siempre estaban chillando y se oían muchos golpes. Una noche alterada me dijo:

- Artis, hoy tenemos que jugar al silencio y al escondite, es muy importante que no salgas.

Escondido en el armario, escuché un ruido ensordecedor, después escuché sirenas, no pude resistirme más y salí y allí estaban: tres coches de policía y una ambulancia, se llevaban al tío Julián esposado y mamá... A mamá no la veía. Me salté la norma, salí de mi escondite y bajé a la calle. Un agente me vio y me preguntó que quién era le dije que el hijo de mamá, al hombre se le cristalizaron los ojos, inocente de mí no sabía por qué. Más tarde llegó una mujer y me contó que mamá no regresaría nunca más, ella estaba llorando y pronto empecé yo también a llorar.



Hoy cumplo trece años y mañana será el aniversario de la muerte de mamá y ya comprendo porqué se inventaba tantos juegos.


Finalista

“Miedo” de Óscar Briones Sánchez



Una tarde de verano, una familia compuesta por dos pequeños y sus padres, viajaban por carretera hacia Burgos a pasar unas estupendas vacaciones cuando el coche se les averió.

Los padres salieron a buscar ayuda ya que no pudieron solucionar la avería y, para que los niños no se aburrieran y estuvieran entretenidos, les dejaron la radio encendida.

Cayó la noche y los padres seguían sin volver cuando escucharon una inquietante noticia en la radio: un asesino muy peligroso se había escapado de un centro penitenciario cercano a Lerma, muy cerca de donde ellos se encontraban. Pedían que se extremaran las precauciones, que no salieran de casa y que avisaran a la policía si veían algo extraño.


Las horas pasaban y los padres de los niños no regresaban. De pronto, empezaron a escuchar golpes sobre sus cabezas. “Poc, poc, poc”. Los golpes, que parecían provenir de algo que golpeaba la parte de arriba del coche, eran cada vez más rápidos y más fuertes. “POC, POC, POC”. Los niños, aterrados, no pudieron resistir más: abrieron la puerta y huyeron a toda prisa para adentrarse dentro del bosque. Solo el mayor de los niños se atrevió a girar la cabeza para mirar qué provocaba los golpes. No debería haberlo hecho: sobre el coche había un hombre de gran tamaño, que golpeaba la parte superior del vehículo con algo que tenían en las manos: eran las cabezas de sus padres.


Muchas gracias a todos los participantes. ¡Os esperamos en la III edición!